"The resulting mature spirit has a soft, alluring mouthfeel, combining beautifully with the hallmark characteristics of Glenmorangie; a light, honeyed sweetness fused with notes of citrus, vanilla and almonds. Indeed, a famous French parfumier identified no less than twenty-six distinct aromas in 'The Original'."
Y sí, ya lo decía John: "A thing of Beauty is a Joy forever"
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miércoles, septiembre 23, 2009
jueves, septiembre 17, 2009
Concupiscencia por dipsomanía
Cierta vez el apuesto Alcibíades le propuso a Sócrates pagarle con favores sexuales la enseñanza de su sabiduría.
A mí, en cambio, ciertos jóvenes que conocen mis preferencias pero que sobreestiman fervorosamente mis cualidades, me ofrecen pagar mis "clases" con whisky.
De más está decir que no pretendo compararme con Sócrates, pero me sentiría muy halagado si las autoridades me prohibieran enseñar (la cicuta sería demasiado) por corromper la moral de la juventud. Pero las autoridades son negligentes, la juventud ya está corrompida y yo tengo que buscar excusas para decir que no.
A mí, en cambio, ciertos jóvenes que conocen mis preferencias pero que sobreestiman fervorosamente mis cualidades, me ofrecen pagar mis "clases" con whisky.
De más está decir que no pretendo compararme con Sócrates, pero me sentiría muy halagado si las autoridades me prohibieran enseñar (la cicuta sería demasiado) por corromper la moral de la juventud. Pero las autoridades son negligentes, la juventud ya está corrompida y yo tengo que buscar excusas para decir que no.
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lunes, enero 12, 2009
martes, noviembre 21, 2006
Farfala de hielo
Fue en una ciudad costera de Brasil en la que supo vivir uno de mis poetas argentinos favoritos. Yo llevaba más de un año queriendo morir y haciendo casi todo lo posible para lograrlo. Magdalena me había rescatado con su propuesta de mar y caipirinha. Nos alojábamos en una pousada frente al mar y lejos del centro. Yo sólo bebía, fumaba, leía y dormía. Una tarde decidimos ir al centro a comprar Jack Daniels. Con la botella en la mochila nos tiramos en la arena y pedimos unas caipirinhas. Yo sugerí que guardáramos los vasitos de plástico para poder hacer hielo en el mini-bar de la habitación. A la tarde, ya picados, emprendimos el largo camino de regreso por la playa. A la mitad del recorrido yo advertí que nos habíamos olvidado los vasitos y le pedí a Magdalena que nos pusiéramos a buscar algún recipiente abandonado. Y así andábamos, como dos borrachos que hubieran perdido una llave, batiendo la playa metro a metro, cuando Magdalena la vio asomada entre la arena. “¿Esto puede servir?” me preguntó, mientras sostenía frente a mis ojos un moldecito azul con forma de mariposa. Era uno de esos moldecitos de plástico que usan los chicos para hacer formas con la arena mojada. Una mariposa. Una mariposa azul. “Claro que puede servir” dije yo. En cuanto llegamos al hotel llené el moldecito de agua y lo puse en el congelador del mini-bar. Nos duchamos y pedimos la cena en la habitación. Para cuando habíamos terminado de cenar el hielo ya estaba hecho. Abrimos la botella, pusimos una alita en cada vaso, escanciamos el whiskey y nos sentamos en el balcón a ver el mar.
Todavía tengo aquel molde y, cada tanto, le pongo al Jack Daniels una mariposa de hielo.
Todavía tengo aquel molde y, cada tanto, le pongo al Jack Daniels una mariposa de hielo.
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lunes, octubre 30, 2006
A gift for you (Fea la actitud)
Ese era el asunto del mail. Ella me decía que había recibido tres botellas de Jack Daniels y que una me la regalaba por mi cumpleaños. Mi respuesta instantánea y llena de entusiasmo, en vez de ser leída como lo que era -la expresión de un agradecimiento superlativo-, fue interpretada como la acción especulativa de un "interesado". Qué extraño es el mundo. Ella cambió la botella por un sommier (un negocio un poco sospechoso, a decir verdad) y yo me quedé con el insulto, el desprecio y sin el whisky.
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jueves, diciembre 15, 2005
Problemas

Se me terminó el jack daniels y a la botella de caña Ypioca le quedan unos pocos besos más. Necesito un golpe de suerte.
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martes, julio 19, 2005
Mi hogar está adonde está mi whisky
Comparto mi casa con una chica. Antes de mudarnos le avisé: yo no tengo mayores problemas, solo una cosa no debe suceder y eso es que alguien se tome mi whisky. Tal vez a alguno le parecerá una broma, pero lo decía muy en serio, y los acontecimientos posteriores que narraré a continuación lo demuestran. Tan gravemente los juzgo que a partir del momento en que ocurrieron la casa en la que vivo ya no es mi hogar. Porque mi hogar está adonde está mi whisky. También a Orfeo le fue advertido: solo una cosa no hagas. Pero la hizo, y perdió a su recobrada Eurídice para siempre. Las tragedias son así, no hay segundas oportunidades.
Sí las hubo en este caso, sin embargo. A los pocos meses de convivencia llegué de trabajar dispuesto a liquidarme los últimos tragos de una perezosa botella de Blenders. No fue posible, tan solo hallé su cadáver exangüe y a V. que se afanaba en disculpas vicarias, porque el autor del crimen había sido su novio. Naturalmente no me gustó nada, pero en consideración a la incipiente convivencia decidí limitarme a una suave admonición paternal. No puedo resistir la tentación de decir que fui magnánimo, considerando la gravedad de la falta.
Lo hechos me habían sugerido que lo más dañino de mi room-mate era su novio, pero me equivocaba. Su ausencia fue peor. Caí en cuenta de mi error luego de su separación. A partir de ese momento la convivencia se deterioró con la rapidez y los efectos de un cuerpo que se descompone.
Una mañana llegué a la casa y V. me alcanzó en la cocina y me anunció que tenía algo que decirme que no iba a gustarme. Un temblor me recorrió de pies a cabeza parecido al que produce una bandada de palomas cuando levanta vuelo. La miré. Dudó, acaso elegía las palabras. “Me tomé tres medidas de tu Jack Daniels” soltó finalmente. Pausa. Me detengo para tomar aire y porque se impone aquí una digresión. Tomar tres medidas de mi Jack Daniels implica ingresar a mi habitación, tomar de mi altar (lo mío no es un bar, sino un altar) uno de mis pequeños vasos JD y activar tres veces mi escanciador de medidas JD amurado sobre mi colección de botellas de JD (entre ellas algunas ediciones limitadas) y bajo una tarjeta y un diploma que me fueron enviados desde la destilería de JD ubicada en Lynchburg, Tennessee. ¿Hace falta agregar algo más? ¿Es realmente necesario que explique con mayor detalle el grado de ofensa que esa profanación alcanza? El lector sensible sabrá comprenderlo. Allí no acabó todo sin embargo. Luego de ordeñar mi botella se sentó en mi computadora y se puso a escribir letanías inconexas que no guardó (y por eso pude verlas como “documento recuperado”), pese a que creó tres carpetas nuevas, una por cada vaso, que quedaron tan vacías como aquellos y almacenadas en otras carpetas por obra del azar o de la torpeza de sus dedos ebrios.
Ella se excusó así: “Tenés que entenderme, estaba muy triste. Además vos sabés que a mí no me gusta el whisky” (¡Eso, necia mía, es acaso lo más imperdonable!). Traté de hacerle entender que su invasión era poco civilizada, que su conducta era abusiva y constituía, en fin, una falta de respeto. V. me respondió entonces: “¡Vos también me faltás el respeto porque nunca me preguntás cómo estoy!”. ¿Es que cabe agregar algo...?
Por varias semanas fui incapaz de tocar mi altar profanado, hasta que finalmente “piú che ‘l dolor poté ‘l digiuno” (“más que el dolor pudo el ayuno”) y terminé la botella ultrajada con una ceremonia grave no exenta de piedad.. No volví a llevar otra a esa casa siniestra. Aún vivo allí, sí, pero mi hogar está en otra parte. No diré adonde, pero en su centro late a salvo de las manos impías un corazón dulce y dorado, dorado y dulce.
Sí las hubo en este caso, sin embargo. A los pocos meses de convivencia llegué de trabajar dispuesto a liquidarme los últimos tragos de una perezosa botella de Blenders. No fue posible, tan solo hallé su cadáver exangüe y a V. que se afanaba en disculpas vicarias, porque el autor del crimen había sido su novio. Naturalmente no me gustó nada, pero en consideración a la incipiente convivencia decidí limitarme a una suave admonición paternal. No puedo resistir la tentación de decir que fui magnánimo, considerando la gravedad de la falta.
Lo hechos me habían sugerido que lo más dañino de mi room-mate era su novio, pero me equivocaba. Su ausencia fue peor. Caí en cuenta de mi error luego de su separación. A partir de ese momento la convivencia se deterioró con la rapidez y los efectos de un cuerpo que se descompone.
Una mañana llegué a la casa y V. me alcanzó en la cocina y me anunció que tenía algo que decirme que no iba a gustarme. Un temblor me recorrió de pies a cabeza parecido al que produce una bandada de palomas cuando levanta vuelo. La miré. Dudó, acaso elegía las palabras. “Me tomé tres medidas de tu Jack Daniels” soltó finalmente. Pausa. Me detengo para tomar aire y porque se impone aquí una digresión. Tomar tres medidas de mi Jack Daniels implica ingresar a mi habitación, tomar de mi altar (lo mío no es un bar, sino un altar) uno de mis pequeños vasos JD y activar tres veces mi escanciador de medidas JD amurado sobre mi colección de botellas de JD (entre ellas algunas ediciones limitadas) y bajo una tarjeta y un diploma que me fueron enviados desde la destilería de JD ubicada en Lynchburg, Tennessee. ¿Hace falta agregar algo más? ¿Es realmente necesario que explique con mayor detalle el grado de ofensa que esa profanación alcanza? El lector sensible sabrá comprenderlo. Allí no acabó todo sin embargo. Luego de ordeñar mi botella se sentó en mi computadora y se puso a escribir letanías inconexas que no guardó (y por eso pude verlas como “documento recuperado”), pese a que creó tres carpetas nuevas, una por cada vaso, que quedaron tan vacías como aquellos y almacenadas en otras carpetas por obra del azar o de la torpeza de sus dedos ebrios.
Ella se excusó así: “Tenés que entenderme, estaba muy triste. Además vos sabés que a mí no me gusta el whisky” (¡Eso, necia mía, es acaso lo más imperdonable!). Traté de hacerle entender que su invasión era poco civilizada, que su conducta era abusiva y constituía, en fin, una falta de respeto. V. me respondió entonces: “¡Vos también me faltás el respeto porque nunca me preguntás cómo estoy!”. ¿Es que cabe agregar algo...?
Por varias semanas fui incapaz de tocar mi altar profanado, hasta que finalmente “piú che ‘l dolor poté ‘l digiuno” (“más que el dolor pudo el ayuno”) y terminé la botella ultrajada con una ceremonia grave no exenta de piedad.. No volví a llevar otra a esa casa siniestra. Aún vivo allí, sí, pero mi hogar está en otra parte. No diré adonde, pero en su centro late a salvo de las manos impías un corazón dulce y dorado, dorado y dulce.
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